En la Cruz nació la nueva humanidad.

Septiembre 15
Memoria de Nuestra Señora de los Dolores.

DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN 19, 25-27.

En aquel tiempo, junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María, la de Cleofás, y María, la Magdalena. Jesús, al ver a su madre y cerca al discípulo que tanto quería, dijo a su madre: “Mujer, ahí tienes a tu hijo.” Luego, dijo al discípulo: “Ahí tienes a tu madre.” Y desde aquella hora, el discípulo la recibió en su casa.

Según el evangelista Juan, junto a la cruz había cuatro personas: su madre, la hermana de ésta María de Cleofás, María Magdalena y el discípulo amado. La presencia junto a la cruz de éstas significa su fidelidad a Jesús hasta los pies de la cruz. En medio del rechazo del pueblo, han aceptado seguir a un Mesías que no ha venido para dominar, como los reyes de la tierra, sino a amar hasta dar la vida, un mesías de servicio y no de triunfo, de amor y no de violencia, un mesías-salvador, paradoja del cristianismo, que muere en la cruz, para dar vida.

Jesús mira a los que quedan junto a la cruz. Se han ido retirando los que le condenaron, también se han ido los que se burlaban, se ha ido el pueblo que lo buscaba solo por los milagros, se ha ido su escogidos. Sólo quedan los soldados para vigilar, y el grupo de los más cercanos que no le han abandonado, la mayoría mujeres y entre ellas su amada Madre.

También está allí el discípulo amado, aquel que le ha seguido hasta la cruz. Es el único que ha quedado, de aquellos que eligió para que estuviesen siempre con Él; de aquellos que llamó para compartir su misión; de aquellos que, en principio, lo dejaron todo para seguirle, pero que, ante la cruz, se han escandalizado y huido.

María la Madre de Jesús y el discípulo amado estaban frente al misterio de la cruz. Ella que estaba allí tratando de entender la mejor lección de su Hijo, frente a tanta ceguera. Una lección que destrozaba todas las lógicas del mundo y que sólo podía ser entendida con un corazón habituado a Dios.

Permanecían allí, al pie de la cruz, su madre la Virgen María y Juan, el apóstol más joven, pero el más maduro en el amor. Y es que, desde que lo conoció, era de los pocos que había aprendido a mirar para ver más allá de las apariencias; de los  pocos que había logrado pasar de la admiración por el milagro a la contemplación de sus palabras.

Desde lo alto de la cruz Jesús la mira y le habla “Mujer, he aquí a tu hijo”(Jn). No la llama Madre, como si fuese el grito de dolor de un hijo, sino que la llama: “Mujer”. Jesús piensa en la primera mujer a través de la cual entró el pecado y la muerte en el mundo. María será la mujer nueva portadora de la promesa divina de la victoria en la lucha terrible contra el mal. Jesús le encomienda la nueva misión de extender su maternidad a todos los hombres representados por Juan. Con dolor se parirá a la nueva humanidad.

En el momento oportuno, cuando Jesús llega a su máxima entrega, María está a la altura del Amor de su Hijo y se entrega plenamente a la bondadosa voluntad de Dios sobre los hombres, y por eso se le encarga la maternidad de todos los hombres: Esta nueva maternidad de María, engendrada por la fe, es fruto del nuevo amor que maduró en ella definitivamente al pie de la cruz, por medio de su participación en el amor redentor de su Hijo.

Este es el gran legado que Cristo concede desde la Cruz a la humanidad. Es como una segunda Anunciación para María. Hace treinta y tres años un ángel la invitó a entrar en los planes salvadores de Dios. Ahora, no ya un ángel, sino su propio Hijo, le anuncia una tarea nueva: recibir como hijos de su alma a los causantes del asesinato de su primogénito.

Y Ella aceptó, desde el principio, todo lo que Dios quisiese; su entrega era total desde el comienzo. La primera mujer fue infiel a Dios, porque prefirió su juicio a la sabiduría de Dios. Ahora se le va a pedir a María que venza una prueba enorme: se le pide que no se rebele contra el Padre por llamar a la muerte y al sacrificio al Hijo, que también es Hijo suyo. Se le pide que vaya más allá del amor natural y sobrenatural del Hijo para querer como el Padre y el Hijo. Y, para eso, hace falta mucha fe en Dios y un amor que esté purificado plenamente. María vuelve a estar a la altura del momento.

Entonces se escuchó la palabra dirigida por Jesús a Juan: “He aquí a tu madre”(Jn). Jesús mira al único que ha sabido ser fiel. Es un hijo y se lo entrega a su Madre. Bien sabe el Señor los cuidados que necesita un recién nacido para madurar, y Juan era un primer fruto de la Cruz redentora.

Juan la tomó como suya, la acogió como madre, se dejó cuidar como hijo. La pena que Juan sentía se alivió sabiendo que podía cumplir un deseo del Maestro.

Juan fue elegido porque estaba allí. Jesús no podía ni llamar a nadie, ni señalar a nadie: sólo mirar a quién tenía delante y, mirando, vio al que siempre estaba donde debía; le pidió un favor, algo que tiene mucha más fuerza que un mandato cuando hay amor por medio. Juan acepta el deseo que es un mandato.

Jesús vio en ellos la mejor imagen de cómo tenía que ser su Iglesia: ese recinto materno de los hijos de Dios. Por eso, dirigiéndose a su madre, la llama mujer. Y es ahora, cuando se cumple la promesa. Jesús, que se hizo don en la cruz, concedió primero el perdón a sus enemigos; luego, el Paraíso al ladrón arrepentido; y, ahora, entrega su madre a Juan. Es su forma de darla como madre a todos los que le sigan como Juan: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Señala así su misión: ser madre de los hijos de Dios, Madre de la Iglesia.

En ese gesto filial Jesús va mucho más allá de la persona del discípulo amado, designado como hijo de María. Jesús quiere dar a María una descendencia mucho más numerosa, quiere instituir una maternidad para María que abarque a todos sus seguidores y discípulos de entonces y de todos los tiempos. El gesto de Jesús tiene, pues, un valor espiritual. No es sólo un gesto de carácter familiar, como el de un hijo que se ocupa de la suerte de su madre, sino que es el gesto del Redentor del mundo que asigna a María, como ‘mujer’ un papel de maternidad nueva con relación a todos los hombres, llamados a reunirse en la Iglesia.

En ese momento, pues, María es constituida, y casi se diría ‘consagrada’, como Madre de la Iglesia desde lo alto de la cruz. Jesús siente el deber de implicar a su Madre en la donación de Sí mismo a los hombres; María, por su parte, está en sintonía perfecta con el Hijo en este acto de donación, como para prolongar el «Fiat» de la anunciación.

Sabiendo Jesús que ya todo estaba cumplido quiere que entre las cosas cumplidas esté también el don de la Madre a la Iglesia y al mundo.  Se trata de sentir a María como Madre y de tratarla como Madre, dejándola que nos forme en la verdadera docilidad a Dios, en la verdadera unión con Cristo, y en la caridad verdadera con el prójimo.

Jesús «luego dijo al discípulo: Ahí tienes a tu madre» (Jn 19, 27) puesto que el discípulo sustituye a Jesús junto a María, se le invita a que la ame verdaderamente como madre propia. Es como si Jesús dijera: ‘Ámala como la he amado yo’. Y ya que en el discípulo, Jesús ve a todos los hombres a los que deja ese testamento de amor, para todos vale la petición de que amen a María como Madre

El mejor legado que pudo hacernos Jesús , el Dios hecho hombre, desde la cruz fue dejarnos a su propia madre y así como María engendró a Jesús; en el instante mismo en que Jesús nos la entrega; María nos engendró a nosotros como a sus hijos. Nació la comunidad de la Iglesia ¡Qué maravilloso intercambio! Frente a su propio Hijo que se desangra, María abre su vientre para recibir a toda la humanidad y acepta el desafío de formar en nosotros a su Hijo Jesús.

Jesús nos regala a su madre en los momentos más dolorosos de su vida para que entendamos que en los momentos más difíciles de la vida Jesús la envía para que nos consuele. Para enseñarnos que la esperanza de María al pie de la cruz encierra una luz más fuerte que la oscuridad que reina en muchos corazones: ante el sacrificio redentor, nace en María la esperanza de la Iglesia y de la humanidad.

OREMOS

Santísima Madre,  enséñanos a mirar la cruz y a aceptar el valor del sufrimiento. También hoy vivimos la sinrazón de la violencia que se hace carne en el más débil. No permitas que caigamos en la desesperación. Haz que mirando a tu Hijo en la cruz podamos creer en un nuevo amanecer. Enséñanos a estar de pie junto al que sufre, para ser portadores de esperanza. Danos la valentía necesaria para asumir en su radicalidad el Evangelio. Enséñanos a caminar con Jesús y acabar como Jesús.

Virgen del dolor y del consuelo, tu serenidad nos ayuda a comprender la hondura de tu entrega. Tu sufrimiento se abre a la humanidad entera y nos devuelves el consuelo. Nos acoges, nos recibes en tus brazos y tu maternidad se prolonga en cada uno de los hombres. El dolor te hace sufrir pero no te paraliza. Avanzas, no te detienes; ante la mirada de tu hijo que no deja de mirarte. Junto a ti el discípulo amado es testigo de este real intercambio.

Danos tu fuerza para acoger en nuestra vida el sentido que tiene el sufrimiento. Entréganos esa mirada tierna que derramas sobre el mundo. Dilata nuestro corazón para que podamos involucrarnos en los padecimientos del otro, y que nuestra presencia les devuelva el deseo de superar la desesperación. Virgen de la Pascua, sostén en la noche de nuestra fe nuestras vidas que se paralizan y se detienen cuando en nuestra vida todo parece perder el sentido.

Miramos a Jesús en la cruz, y con corazón agradecido reconocemos que toda la humanidad está presente en aquella hora de Salvación. Aquí nos encontramos con todos los hombres y mujeres que han acogido en sus vidas el perdón y la reconciliación. Desde la cruz de Jesús podemos hacer posible la comunión, el diálogo, la verdad. Podemos perdonar y perdonarnos; porque nos diste a tu madre como prenda que siempre estará atenta a lo que nos haga falta.

Señor Jesús, acogemos a María en nuestras vidas, le abrimos nuestro corazón; la hospedamos en nuestra casa. Hacemos un espacio y nos damos cuenta que su presencia nos alegra. Con ella nos abrimos con esperanza a la Pascua. Nos hacemos comunidad de creyentes y nos sentimos profundamente hermanos y hermanas.

Señor Jesús, Aquí nos tienes reunidos al pie de la Cruz, con tu Madre y el discípulo que Tú amabas. Te pedimos perdón por nuestros pecados que son la causa de tu muerte. Te damos gracias por haber pensado en nosotros en aquella hora de salvación y habernos dado a María por Madre. Virgen Santa, acógenos bajo tu protección y haznos dóciles a la acción del Espíritu Santo. San Juan, alcánzanos la gracia de acoger a María en nuestra vida y de asistirla en su misión. Amén

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s