Vino Nuevo y no produce malestar

Evangelio según san Juan 2, 1-11

En aquel tiempo, había una boda en Caná de Galilea, y la madre de Jesús estaba allí. Jesús y sus discípulos estaban también invitados a la boda.

Faltó el vino, y la madre de Jesús le dijo: “No les queda vino.”

Jesús le contestó: “Mujer, déjame, todavía no ha llegado mi hora.”

Su madre dijo a los sirvientes: “Haced lo que él diga.”

Había allí colocadas seis tinajas de piedra, para las purificaciones de los judíos, de unos cien litros cada una.

Jesús les dijo: “Llenad las tinajas de agua.”

Y las llenaron hasta arriba.

Entonces les mandó: “Sacad ahora y llevádselo al mayordomo.”

Ellos se lo llevaron.

El mayordomo probó el agua convertida en vino sin saber de dónde venía (los sirvientes sí lo sabían, pues habían sacado el agua), y entonces llamó al novio y le dijo: “Todo el mundo pone primero el vino bueno y cuando ya están bebidos, el peor; tú, en cambio, has guardado el vino bueno hasta ahora.”

Así, en Caná de Galilea Jesús comenzó sus signos, manifestó su gloria, y creció la fe de sus discípulos en él.

Palabra del Señor

314337_131937520281316_880001023_nA través de todo el AT, vemos que Dios se manifestó a la humanidad con “milagros” o “señales” en diferentes ocasiones.  Podemos notar que al menos tres fueron las épocas de más actividad milagrosa.

Época de Moisés y Josué

Estos milagros se dieron para confirmar la liberación del pueblo escogido, la promulgación de la Ley y del Pacto, el establecimiento del culto al Dios único y verdadero y la conquista de la Tierra Prometida. Según Éxodo 9, 16 el objetivo de los milagros en Egipto fue mostrar a Faraón que Dios era un Dios de poder.

Época del ministerio de Elías y Eliseo

También en esta época se dejan ver una serie de milagros maravillosos de estos dos ungidos de Dios, cuyo objetivo era sostener a los creyentes en la lucha implacable contra el triunfante paganismo.

Época del Exilio

Dios manifiesta su poder y superioridad sobre los dioses paganos, mediante los milagros que hizo con Daniel y sus amigos, con el objetivo principal de salvaguardar la fe de los que habían sido deportados.

El Nuevo Testamento

Registra numerosos milagros, con frecuencia  actos de sanación, a cargo de Jesucristo. Ellos son presentados por los escritores del evangelio como obras del Mesías, y se consideraban como parte de la proclamación del reino de Dios, diseñado para despertar y convertir a la gente del arrepentimiento para con Dios en lugar de provocar asombro simple.

Todos los milagros tuvieron un propósito,  probar que no hay nadie como Dios, que Él tiene completo control de la creación, y que, si Él puede hacer todos estos hechos milagrosos, entonces no hay nada en nuestras vidas que Él no pueda solucionar.

San Juan llama a todas estas acciones extraordinarias de Jesús, “signos” o “señales”, porque ellas nos dan a entender quién es realmente Jesús, y cuál es la misión que le ha sido encomendada. La intención que Jesús tenía al obrar un milagro, no era simplemente  causar una impresión fuerte en la gente que lo veía y escuchaba, sino que buscaba  abrir el corazón de las personas a su misión como enviado de Dios, y a su mensaje salvador.

Los Apóstoles tienen sin duda una cierta fe en Cristo desde el principio, cuando lo dejan todo y lo siguen. Pero se nos dice que después de su primer milagro, el realizado en Canaá, «manifestó su gloria y creyeron en Él sus discípulos» (Jn 2,11)

El tema principal del evangelio de Juan es la gloria de Jesús como Hijo de Dios.

Donde Jesús y María están hay abundancia.

La señal de Dios es la sobreabundancia. Lo vemos en la multiplicación de los panes, lo volvemos a ver siempre, pero sobre todo en el centro de la historia de la salvación: en el hecho de que se derrocha a sí mismo por la mísera criatura que es el hombre. Este exceso es su “gloria. Jesús hace los milagros sin tacañería, con magnanimidad. En este milagro de Caná no convirtió el agua en cualquier vino, sino en uno de excelente calidad.

La sobreabundancia de Caná es, por ello, un signo de que ha comenzado la fiesta de Dios con la humanidad, su entregarse a sí mismo por los hombres. El marco del episodio -la boda- se convierte así en la imagen que, más allá de sí misma, señala la hora mesiánica: la hora de las nupcias de Dios con su pueblo ha comenzado con la venida de Jesús.

El primer milagro en el evangelio de San Juan muestra una de las razones por la que Jesús bajó de los cielos: ofrecernos vida abundante.  Esta abundancia se refiere a la gracia de Dios. Lo que la ley no pudo alcanzar, lo efectúa Jesús: la purificación una vez para siempre, en vez de una purificación constante. Por medio de Jesucristo la gracia de Dios es copiosa: dando el sacrificio de su vida, cubrió multitud de pecados. Él mismo es `el vino’ del reino de Dios; es decir, el gozo, la alegría y el perdón.

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