San Juan Pablo II, el Papa de la Eucaristía, de la Virgen María y de los jóvenes.

La santidad no es una idea ni un sentimiento, sino una participación de la vida divina. Dios nos eligió desde antes de la formación del mundo para que seamos santos e inmaculados ante Él por el amor (Ef 1,4). Por eso, en la Biblia, que es una carta de amor de Dios, se insiste mucho: “Sed santos, porque yo vuestro Dios soy santo” (Lev 19,2; 20, 26). Y Jesús nos dice: “Sed santos como vuestro Padre celestial es santo” (Mt 5, 48). Así que tú y yo, y todos “los santificados en Cristo Jesús, estamos llamados a ser santos” (1Co 1, 2). Los creyentes, como los santos de Dios, son “una raza elegida, un sacerdocio real, nación santa” (1Ped 2, 9). La nación santa ya no es Israel, sino la Iglesia de Dios. Fuimos creados para ser santos por el sacramento del bautismo que nos regala Cristo en el sacrificio de la cruz.

 Santidad en la Iglesia

En la historia de la Iglesia ha habido santos de todos los colores, de todas las razas y en todos los tiempos y lugares. Ninguna profesión tiene la exclusiva de la santidad y ninguna está excluida de ella. Hay santos desde todas las edades y condiciones, desde niños pequeños a abuelitos, desde débiles doncellas a robustos soldados, desde reyes o Papas a agricultores analfabetos.

De la historia de los Papas de la Iglesia, muchos de ellos han sido declarados santos. Para nosotros la imagen de Juan Pablo II es una imagen viva que nos hace pensar en cada palabra que dirigió a la humanidad. Con la fuerza del Espíritu Santo el Papa apeló al amor que convierte los corazones y da la verdadera paz del cielo. Se podría decir muchas del Papa Juan Pablo II, pero quisiera resaltar tres aspectos muy sobresalientes de su vida.

  1. Juan Pablo II y la Eucaristía

La Eucaristía es “Dios con nosotros”, el Emmanuel. “La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros” (S. Juan 1). Es en la Eucaristía donde se da el alimento que santifica y da vida eterna. Todos los santos han sido eucarísticos, allí descubren la gran promesa de Jesús: “Yo estaré con ustedes hasta el fin del mundo”. (Mt. 28, 20) Y está con nosotros para actualizar todo su poder salvador y santificador en cada generación.

El Papa Juan Pablo II fue un gran adorador de la Eucaristía, era un hombre de oración constante delante del Santísimo sacramento del altar. El Papa en una homilía para la solemnidad del “Corpus Christi”, expresaba: “La mirada de los creyentes se concentra en el Sacramento, donde Cristo se nos da totalmente a sí mismo: cuerpo, sangre, alma y divinidad. Por eso siempre ha sido considerado el más santo: el “santísimo Sacramento”, memorial vivo del sacrificio redentor”.

El mundo de hoy parece resistirse a la santidad. La ciencia y tecnología lo han bombardeado: Internet, telefonía celular y  televisión. Los valores no le dice nada, el consumismo, el hedonismo y la cultura hecha moda lo han dejado sin fuerza y en un agotamiento que tiende al fatalismo. A ese mundo frio y distante les predicó el Papa Juan Pablo II, predicó el amor que hay en la Eucaristía. Siempre nos invitaba que había que volver a Jesús eucaristía como fuente de santificación y salvación.

  1. Juan Pablo II y la Virgen María.

La devoción de Juan Pablo II por la Virgen viene desde su infancia. Era especial hacia la Virgen de Czestochowa, en Polonia. Cuando fue elegido como Papa en 1978, esa devoción aumentó aún más. En su escudo papal se distinguía una gran “M” que simboliza a la Virgen. Su lema apostólico es “Totus tuus”, “Todo tuyo”, un signo de su consagración personal a la Virgen María. Fue una Papa que sentía un amor hacia la Virgen muy especial, visitaba los santuarios como Fátima en Portugal, Lourdes en Francia, Aparecida en Brasil, Guadalupe en México, Chiquinquirá en Colombia.

En su pontificado, Juan Pablo II confió el mundo a la protección de la Virgen en tres ocasiones. La primera fue en Santa María la Mayor, en Roma. Un año después lo hizo en el santuario de Fátima, en Portugal. La tercera vez fue en 1984, en la plaza de San Pedro. En el Jubileo del año 2000 también confió el nuevo milenio al Inmaculado Corazón de María. En sus escritos demostraba su gran devoción por la Virgen y especialmente por el santo rosario. Con amor hablaba del poder del Rosario y de la importancia de la Virgen en el Evangelio. También insistió muchísimo sobre cómo Ella es capaz de acercar a las personas a Dios. Había una unidad muy especial entre el Papa y la Virgen, ese amor se hacia evidente en cada homilía, en cada Encíclica en cada visita pastoral porque Ella lo conducía con sus manos amorosas de madre.

  1. Juan Pablo II y los jóvenes.

Todo ese amor, toda esa luz, toda esa gracia en el corazón del Papa no lo guardó para si mismo, al contrario el Vicario de Cristo predicó con gran poder del cielo. Entre los mas atraídos fueron los jóvenes. Los jóvenes percibieron en él palabras auténticas, se sintieron respetados, valorizados y tomados en serio Les habló de la vida allí donde no escuchaban otra cosa que muerte, droga y suicidio; de fracasos en el campo afectivos con el divorcio, las relaciones precoces y demás plagas sociales. El Papa de la sonrisa siempre nueva tuvo fe en ellos y a la vez les regaló fe en la vida. Les dijo que era posible vivir y triunfar en ella y les explicó incluso cómo hacerlo.

Juan Pablo II hacía ver que Dios no es un código de normas, sino una persona en la que creer, en la que esperar y con la que vivir un amor intenso, fiel y recíproco durante toda la vida. Los jóvenes veían que su modo de hablar de Dios brotaba de una experiencia personal, madurada a lo largo de toda una vida. Que este testimonio del Papa nos haga tomar en serio la santidad que nos pide Dios porque sin santidad no se puede entrar al reino de los Cielos.

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